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Monteros de la Patria

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17 Jul 2025 🔥 tendencia

Diego Bazán, el docente monterizo que transformó el ajedrez en una revolución educativa en los Valles

El maestro tucumano es finalista del premio nacional “Docentes que Inspiran 2025” gracias a un proyecto que llevó el ajedrez a escuelas rurales como herramienta de inclusión, pensamiento crítico y transformación social.

Desde la alta montaña tucumana, Diego Bazán convirtió el ajedrez en una herramienta pedagógica que ya impactó en más de 35 escuelas rurales. Sin recursos, pero con una convicción inquebrantable, su proyecto fue elegido entre más de 2.000 iniciativas de todo el país.

Diego, un docente de Monteros, de 46 años, que fue seleccionado entre los 24 finalistas del prestigioso premio nacional Docentes que Inspiran 2025, y uno de los tres representantes tucumanos en este certamen que busca visibilizar la vocación y la innovación educativa en Argentina.

Diego es maestro de tecnología en la escuela 28 de Tafí del Valle, ubicada en plena alta montaña tucumana. Allí, desde hace más de una década, lleva adelante un proyecto que trasciende contenidos: enseña ajedrez no para formar campeones, sino para formar personas que piensen, que resuelvan, que se superen.

“El ajedrez es una excusa para que los chicos aprendan a anticiparse, a resolver conflictos, a confiar en sí mismos”, explica emocionado a LG Play, mientras su familia lo abraza tras recibir la noticia de la nominación nacional en plena plaza Independecia de la capital tucumana.

De una idea sin recursos a una red de 35 escuelas rurales

Su iniciativa, bautizada “Construyendo Experiencias”, comenzó en 2014 con apenas una chispa y muchas ganas. Sin recursos, sin apoyos iniciales, pero con una firme convicción pedagógica, Diego transformó sus clases en espacios donde el ajedrez se convirtió en motor de pensamiento crítico, empatía y conexión.

Así nació luego “Sumando Protagonistas”, una segunda etapa del proyecto que llevó a sus propios alumnos a enseñar ajedrez en otras escuelas rurales. El espíritu no era competitivo, sino colaborativo. “No hacemos torneos, hacemos encuentros. No buscamos podios, buscamos vivencias”, resume con humildad.

“Profe, ya aprendí a leer. ¿Ahora puedo viajar con usted?”, le dijo una vez un alumno. Otro lo desafió: “Ya sé las tablas. ¿Cuándo me lleva a enseñar?”.

El proyecto creció. De tres escuelas iniciales pasaron a más de 35 instituciones de la región involucradas en este circuito educativo itinerante. Los niños no solo aprendieron a jugar, sino que se convirtieron en embajadores del conocimiento, enseñando a otros, compartiendo y, sobre todo, descubriendo su propio valor.

Enseñar como acto de generosidad, no de poder

Lo más conmovedor de la experiencia no es el número de escuelas o alumnos alcanzados, sino el cambio de paradigma que propone Diego. Enseñar, en su mirada, no es un acto de autoridad, sino de generosidad. “Hubo chicos que se dejaban ganar para que al otro le guste el juego”, recuerda con una sonrisa. “Eso es lo que intento transmitir: empatía, respeto, inclusión”.

Uno de los momentos más emotivos que vivió fue tras uno de los encuentros: “Estoy contento y triste, profe. Contento porque pasamos a la siguiente ronda, pero triste porque el año que viene ya no voy a poder venir porque paso al secundario”, le dijo un alumno. Porque para muchos chicos, esos viajes compartidos, esos pequeños grandes logros, son recuerdos que marcarán sus vidas para siempre.

El corazón del proyecto: una familia que acompaña

Detrás de este docente sensible y apasionado hay una familia que lo sostiene en cada paso: su esposa Sandra y su hija Abril. “Lo vemos trabajar hasta la medianoche después de volver de la escuela. Vive para esto”, dice Sandra. Y Abril, entre lágrimas y orgullo, suelta lo que muchos sienten: “Mi papá es el mejor docente del país”.

Quizás lo sea. No por el premio —que sin duda lo merece—, sino por haber convertido una buena idea en un hecho concreto, sostenido con esfuerzo, compromiso y trabajo colectivo. “No tuve recursos, pero tuve el apoyo de mi escuela, mis colegas y mi familia. Soy el resultado de un trabajo en equipo”, afirma con humildad.

El maestro que también aprendió a mostrarse

Aunque enseña tecnología, recién hace poco se animó a abrir redes sociales para visibilizar su trabajo. Lo hizo empujado por el mismo certamen que hoy lo tiene entre los finalistas. “Tuve que aprender a mostrarme”, dice, entre risas. Pero su mayor lección no está en internet, sino en cada aula de montaña donde un niño aprende a pensar por sí mismo, gracias a un maestro que creyó en él antes que nadie.

“Soy docente porque quiero dejarles un granito de arena que los ayude a abrirse camino en la vida”, cierra Diego Bazán. Y lo logró. En una época donde las noticias duelen, su historia inspira. Como un jaque mate al olvido.

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