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Monteros de la Patria

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13 Ene 2026 🔥 tendencia

“El poder de leer y escribir”: la singular experiencia de Gitanos en escuela de Monteros

Dos escuelas de Monteros lograron alfabetizar a 35 niños de la comunidad gitana a partir de un proyecto inédito de inclusión, respeto cultural y trabajo sostenido, que terminó uniendo a familias, docentes y alumnos en una experiencia profundamente emotiva.


Las escuelas Ibatín y Benjamín Posse desarrollaron Aulas Puente para integrar a niños gitanos que no lograban avanzar en la lectoescritura. El proyecto cambió trayectorias escolares y dejó una huella que va más allá de lo pedagógico.

Todo comenzó con una pregunta simple y poderosa. “¿Usted sabe lo que es leer y escribir?”, le preguntó la directora de la escuela Ibatín, Fabiana Cruz, a una de las pocas mujeres alfabetizadas de la comunidad gitana de Monteros. “Sí, tener un poder”, respondió ella. “¿Y no quiere ese mismo poder para sus hijos?”, insistió la directora. La mujer dudó, pensó y finalmente asintió. Ese gesto silencioso fue el punto de partida de una de las experiencias educativas más transformadoras que vivió la ciudad.

De a poco, primero dos o tres chicos y luego todos, los niños de la comunidad gitana comenzaron a asistir diariamente a la escuela. Las aulas se llenaron de polleras largas, de palabras en rumano y húngaro mezcladas con “tucumano básico”, y de una convivencia nueva que exigía aprender, escuchar y derribar prejuicios.

La experiencia se desarrolló en las escuelas Ibatín y Benjamín Posse N° 377, con el acompañamiento de un equipo del Ministerio de Educación. El objetivo era claro y urgente: alfabetizar a 35 niños gitanos que, pese a estar matriculados y algunos cursar cuarto o quinto grado, no lograban avanzar en la lectura y escritura. El principal obstáculo era la inasistencia. Los chicos iban dos días, faltaban semanas, no se quedaban al comedor ni a la jornada extendida y se sentían incómodos frente a compañeros que ya leían con fluidez.

Durante años se intentaron distintas estrategias. Intervino el Servicio de Asistencia Social Escolar, se visitaron los domicilios sobre la Ruta 38, se dialogó con las familias. Sin resultados. Hasta que, a fines de 2024, surgió una propuesta inesperada desde la propia comunidad: que los niños pudieran estar juntos, sin dividirse por grados. En ese momento parecía imposible.

Pero a comienzos de 2025, las directoras Fabiana Cruz y Celeste Alderete decidieron intentarlo. Junto a la supervisora Viviana Díaz, el director de nivel Carlos Díaz, profesionales del Gabinete Pedagógico Interdisciplinario, el SASE, el programa de Trayectorias Escolares y la Dirección de Educación de la Municipalidad de Monteros, comenzaron a construir una alternativa. Se sumó la fundación Dale! con su propuesta de alfabetización, el equipo de Interculturalidad y Bilingüismo del Ministerio de Educación y, finalmente, una docente gitana que abrió las puertas de una comunidad históricamente cerrada.

El aprendizaje fue mutuo. “Nos dimos cuenta de que no sabíamos nada de su cultura”, reconoce Cruz. Comprendieron que los niños estaban alfabetizados en sus dialectos, que la comunidad es profundamente familiar, que los chicos se cuidan entre ellos y por eso necesitan permanecer juntos. Respetar esas reglas fue clave.

Así nació el proyecto de Aula Puente, aprobado por el Ministerio. Se incorporaron docentes con un perfil específico: Romina Lobo, Ruth Sarim y Cristina Quinteros, esta última aportada por el municipio. El aula se adaptó con almohadones en el piso, como en las casas gitanas, para que los chicos se sintieran seguros. El objetivo era nivelarlos y luego reintegrarlos a sus grados correspondientes.

Las clases comenzaron en agosto. Al principio fueron pocos. Alfabetizar no fue fácil. Muchos no sabían usar un cuaderno ni tenían desarrollada la motricidad fina. Hubo que empezar desde cero, con juegos, canciones, bailes y paciencia. Cada vez que un niño faltaba, Romina Lobo iba a su casa, hablaba con la familia y lograba que regresara. Así, día tras día, la escuela empezó a enamorar.

Hacia fin de año, todos los chicos asistían regularmente y se quedaban a la jornada extendida. Cada tarde, sin que nadie se los pidiera, barrían su aula antes de irse. Cuando la directora intentó frenarlos, una madre explicó con sencillez: “En nuestra comunidad es así, limpiamos nuestro espacio”.

Los avances fueron evidentes. En el festival literario, alumnos de Ibatín presentaron La Caperucita Roja en dialecto romaní y en español. En la escuela 377 crearon un diccionario QR con palabras en rumano pronunciadas por los propios niños y traducidas al castellano. También participaron de la radio escolar, contando en romaní y en español lo que aprendían en clase.

La gran sorpresa llegó el 31 de octubre, en la Fiesta de la Familia. La comunidad gitana, que nunca participaba, apareció con postres, flores y números artísticos ensayados en secreto. Los niños bailaron danzas típicas junto a Lobo, que usó una pollera prestada por una de las madres. Al momento de los discursos, la directora Cruz lloró al ver a toda la comunidad educativa unida. Las maestras también. Entonces, una madre se acercó y le susurró a Lobo: “Ahora sabemos que somos importantes para ustedes”.

El poder de leer y escribir ya había llegado a los niños gitanos. Y los niños criollos recibieron otro igual de valioso: aprender a convivir con lo diferente, conocer nuevas culturas y crecer en el respeto. Un aprendizaje que, como dijeron las docentes, no figura en ningún boletín, pero acompaña para toda la vida.

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