martes 8 de septiembre de 2026
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8 Sep 2026

Terror en una senda de Monteros: una biker relató cómo fue asaltada y retenida por un hombre con un machete

Anahí Páez contó en primera persona el dramático episodio que vivió el sábado, mientras entrenaba en una de las sendas de la Trepada al Indio. El agresor la habría golpeado, amenazado con un machete y obligado a internarse entre las cañas. La joven logró escapar tras desatarse las manos y llegar hasta la ruta.

El sábado 5 de septiembre, un día antes de la XXV edición de la Trepada al Indio, Anahí Páez salió a entrenar en bicicleta por una de las sendas utilizadas habitualmente por deportistas, las sendas de la Villa Brava. Lo que debía ser una jornada más de preparación terminó convirtiéndose en una experiencia que, según relató, la dejó frente a una situación extrema y con temor por su vida.

Anahí decidió hacer público su relato para advertir sobre lo ocurrido y describir el momento a partir del cual comenzó su pesadilla.

Había recorrido aproximadamente tres kilómetros cuando observó a un hombre parado junto a un árbol. El sujeto tenía un machete en la mano. Al verlo, Anahí creyó que podía tratarse de una persona que estaba realizando tareas de limpieza en el circuito. El hombre incluso la saludó y ella respondió. La situación cambió apenas pasó junto a él.

“Cuando lo paso, por atrás siento un golpe y caigo de pecho hacia el suelo”, contó. Al darse vuelta, vio al mismo hombre cerca de sus pies y, en un primer momento, pensó que podía tratarse de una broma. Sin embargo, rápidamente comprendió que estaba frente a un asalto.

El hombre le exigió que entregara todo lo que llevaba. Anahí sacó su teléfono y se lo entregó, pero el agresor continuó preguntándole si tenía algo más. Luego, la amenazó con el machete y le ordenó que se tirara al piso. Fue entonces cuando la situación tomó un cariz todavía más grave. Anahí relató que el hombre realizó tocamientos sobre su cuerpo y la amenazó con abusar sexualmente de ella, mientras ella intentaba convencerlo de que se llevara sus pertenencias y no le hiciera daño.

El agresor revisó el teléfono y manifestó que no le servía porque podía ser rastreado. Después le ordenó levantarse, tomar la bicicleta y acompañarlo.

Anahí intentó negociar. Le ofreció desbloquear el celular, borrar sus cuentas e incluso le preguntó si quería dinero. El hombre le preguntó si tenía efectivo. Ella respondió que sí, pero que estaba en su casa. Según contó, el sujeto se negó porque temía ser visto.

En un momento, el teléfono volvió a quedar en manos de Anahí. Aprovechando esa oportunidad, lo desbloqueó mediante reconocimiento facial y realizó una llamada a David, su pareja

La comunicación duró apenas 13 segundos, pero fueron suficientes para que David comprendiera que algo grave estaba sucediendo. Anahí le pedía al hombre que la dejara ir y que no le hiciera nada, mientras él le ordenaba que continuara caminando. Al advertir que alguien estaba escuchando desde el teléfono, el agresor se lo quitó e intentó apagarlo.

Una estrategia desesperada para dejar pistas

Mientras caminaba junto al hombre, Anahí comenzó a pensar cómo podía pedir ayuda sin poner en riesgo su vida. Se quitó una zapatilla y la dejó en el camino. Más adelante hizo lo mismo con la otra. También arrojó el gel que llevaba en uno de sus bolsillos. Su intención era que, si David o alguien que la estuviera buscando pasaba por el lugar, pudiera encontrar alguna señal de su recorrido.

Durante el trayecto, el hombre le preguntaba su nombre, su edad y de dónde era. En determinado momento llegaron hasta una zona de barrancas sobre el Río Mandolo. El sujeto arrojó la bicicleta hacia abajo y le pidió que lo acompañara. Cuando él descendió, Anahí intentó escapar, pero el hombre logró agarrarla de los dedos de una mano y la arrastró hacia abajo.

Después continuaron caminando entre arena, cañas y vegetación. En un momento, el hombre la soltó para subir primero por una zona cubierta de cañas. Anahí volvió a intentar correr, pero el agresor la persiguió, se lanzó sobre ella y volvió a reducirla. La hizo atravesar un hueco entre cañas secas y continuaron internándose en una zona de vegetación y plantas con espinas.

Durante el recorrido comenzaron a escucharse voces a la distancia. El hombre se puso nervioso y comenzó a preguntarle a Anahí si estaba acompañada. Ella respondió que su novio venía detrás y que probablemente la alcanzaría. También le dijo que ambos estaban entrenando para la Trepada al Indio del día siguiente.

Según su relato, el hombre continuó buscando un lugar para dejarla y poder escapar. En medio de esa situación ocurrió otra escena que Anahí describió como surrealista. El hombre se detuvo y le indicó que no se moviera. Señaló algo que estaba junto a ella y le preguntó si podía verlo. Luego lanzó un machetazo hacia el suelo.

De entre la vegetación apareció una víbora larga y gruesa, de color gris. “Menos mal no nos picó”, habría dicho el hombre, según recordó Anahí, quien aseguró que en ese momento pensó que estaba frente a una persona completamente fuera de control.

El celular, las mentiras y la ubicación

El agresor decidió regresar a buscar la bicicleta. Antes, le entregó el teléfono apagado y le dijo que esperara en un determinado lugar. Anahí aprovechó esos segundos para encenderlo y enviarle a David su ubicación, acompañada de un mensaje: “No llames”.

También activó nuevamente la ubicación compartida durante varias horas, ya que anteriormente había podido enviarla solamente por un período breve. Guardó el teléfono detrás del jersey.

Pero el hombre regresó y la descubrió.

“¿Qué pensás que no te vi que estabas con ese celular?”, le habría dicho antes de quitárselo nuevamente. Le exigió la contraseña, borró los mensajes que había enviado a David y escribió desde el teléfono un mensaje destinado a generar la impresión de que Anahí estaba bien y continuaba su entrenamiento.

Después volvió a apagar el aparato. “No sos de confianza vos”, le dijo, según el relato.

“Yo soy de los Sosa y conozco todo este monte”

El hombre continuó llevándola por la zona y, en un momento, ambos regresaron al lugar donde habían encontrado la víbora.

Anahí observó un alambrado de púas. El sujeto le aseguró que tenía corriente eléctrica. Ella aprovechó para preguntarle si conocía bien el lugar. El hombre respondió que sí y manifestó que era de los Sosa y que conocía todo ese monte.

Finalmente se sentaron debajo de un árbol, sobre una zona de arena. El hombre parecía preocupado y pensativo. Incluso comenzó a hablarle de su vida y de situaciones personales. Anahí intentó mantener la calma y establecer algún tipo de vínculo para lograr que bajara la guardia.

En un momento, el hombre tomó una piedra y comenzó a afilar el machete. Le dijo que volvería solo a buscar la bicicleta y que ella debía esperarlo. Antes de irse, la ató de las manos con una cinta amarilla.

Anahí le pidió que regresara y le recordó que no tenía sus zapatillas. El hombre se alejó, Ella esperó unos segundos. Y decidió escapar. Consciente de que debía aprovechar esa oportunidad, Anahí logró sacarse la cinta utilizando los dientes.

Sabía que tenía que moverse rápidamente y que cualquier ruido podía alertar al agresor. Corrió hacia el alambrado de púas que, según le había dicho el hombre, tenía corriente. La desesperación pudo más que el miedo.

Se trepó al alambrado, logró saltarlo y cayó del otro lado. Se levantó y comenzó a correr sin mirar atrás. A lo lejos observó lo que creyó que era una casa con una luz encendida. Corrió hacia ese lugar pensando que allí podría pedir ayuda.

Pero no era una vivienda. Era una escuela.

Anahí continuó corriendo alrededor del establecimiento hasta escuchar un automóvil. Entonces comprendió que del otro lado se encontraba la ruta. En ese momento vio pasar a una ciclista y le gritó desesperadamente que se detuviera.

La mujer regresó, Anahí logró salir por el alambrado de la escuela y llegar hasta la ruta. Le contó que había sido víctima de un robo y le pidió ayuda porque solamente quería regresar a Monteros y tenía miedo de que el agresor volviera a buscarla.

Después consiguió que se detuvieran unos jóvenes que circulaban en motocicleta y, finalmente, un hombre que viajaba en automóvil la llevó hasta su casa.

Anahí logró escapar. Pero el relato deja expuesta una situación de extrema gravedad para quienes utilizan las sendas y caminos de la zona para entrenar, especialmente en sectores alejados y con escasa circulación de personas.

La joven aportó además una descripción del hombre que, según su testimonio, la interceptó: tendría entre 29 y 32 años, mediría aproximadamente entre 1,65 y 1,70 metros, sería morocho, de rostro redondo y ojos algo rasgados. Vestía una remera azul descolorida, un short de fútbol negro hasta debajo de las rodillas, con varios agujeros en la parte trasera, y calzaba Crocs azules, uno de ellos con la tira rota.

El testimonio de Anahí reconstruye minuto a minuto una situación en la que, además de perder sus pertenencias, tuvo que utilizar el ingenio, la paciencia y cada oportunidad disponible para mantenerse con vida y encontrar una salida.

Su relato también encendió una alerta entre ciclistas, corredores y deportistas que habitualmente utilizan las sendas de la zona de Monteros.

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