Su verbo camina buscándose entre la gente, en la infante vejez del hombre nuevo, donde América se sueña, en la luna de Anfama, en la niña de los ojos agostados, en los zapatos robados, en los mares del cielo, en el letargo del gorrión, en la selva mujer, en el naufragio, en la heredad del miedo… “Un ánima perdida es el agua en el Salar de Uyuni, ella deja en este suelo un eco de arriba, y le ves un reflejo de vos ¡pero sos una mentira…! La eternidad es un manto blanco, si te cubre un instante tu ropa queda corroída, (te deja al desnudo la inmensidad del mundo) y le llamás: ‘Dios’ a esta profunda lejanía”, escribe. Aunque se afirma que la niñez es donde se amasa inconscientemente el destino, siempre hay excepciones a la regla. “Mi infancia estuvo muy alejada de la literatura, de hecho, nunca me destaqué en las asignaturas de lengua o literatura, siempre me atrajo más la biología, e incursioné en el mundo de la lectura y la escritura pasado mis 20 años. Esto de algún modo me hace pensar que es un error creer que en la vida hay cosas definitivas o tiempos determinados para hacer ciertas cosas”, dice el poeta y compositor monterizo Dardo Solórzano.

– ¿Cómo fue tu rito de iniciación?

– La escritura comenzó cuando vine a vivir a San Miguel de Tucumán para estudiar medicina. Aquí tuve la oportunidad de conocer a mi maestro Lucho Hoyos, quien vio en mí cierta facilidad para hacer letras de canciones, y fue él quien me presentó a mi primer profesor, el poeta Néstor Poli Soria, así comencé a estudiar los poetas y la literatura del NOA y Latinoamérica. Por eso quizás mis primeros trabajos hablaban mucho de la realidad del hombre y la mujer del interior profundo de este continente, de sus luchas cotidianas. Creo que mi mayor influencia fue la poesía salteña de la llamada generación del 60, con referentes como Walter Adet, Jacobo Regen, Miguel Ángel Pérez, y también Juan Ahuerma Salazar, Teuco Castilla, Hugo Rivella. Indudablemente también el peruano Cesar Vallejo. Sus imágenes y metáforas me hacen sentir que la poesía logra hacer trascender la esencia del ser humano y de la naturaleza, en eso me influyeron mucho.

– ¿Cuándo empezás a componer folclore? ¿Con quiénes?

– Alrededor de los 22 años comienzo a componer con seriedad en este oficio. Así investigué y estudié a los poetas tucumanos, sobre todo los que estaban de alguna forma ligados al folclore. Allí aparecieron el Chivo Valladares, José Augusto Moreno, Lucho Díaz, Chichí Costello, Manuel Aldonate; y ya más cercanos a mí tiempo Pablo Dumit, Candelaria Rojas Paz, Gabriel Gómez Saavedra. Luego de pertrecharme con esa información fue el hacer canciones con compositores de todo el país como Ramiro González, José Oyola, de La Rioja; María Eugenia Díaz, Gustavo Ecclesia, de Buenos Aires; Marcelo Gómez, Pablo Mema, de Santiago del Estero; Esteban Echaniz, de Santa Fe; Bruno Arias, Fava Kindgard, Carlos Mamani, de Jujuy; Sara Mamani, de Salta; Jorge Fiorio, de Misiones; Lucho Hoyos, Manu Sija, Gerardo Núñez, Topo Encinar, Chapu Jiménez, Dana Yalour, Gustavo Guaraz, Ernesto Guevara, de Tucumán, entre otros muchos nombres que ahora olvido.

– Monteros ha sido cuna de poetas y también de bebedores, ¿te influyó la pluma de Manuel Aldonate?

– Era muy difícil conseguir los libros de Manuel Aldonate, tuve que recurrir a los anaqueles de las bibliotecas de Monteros para pedirlos prestados y fotocopiar su obra. Su trabajo es valioso porque no se avergonzó de su gente y sus versos contaban sobre sus trajines en un territorio muy marcado por la explotación del ser humano. A veces, siento que en los claustros literarios están más pendientes de los de afuera (y de ser alguien ante ellos) más que en pensar una literatura para su propio pueblo, hay como una vergüenza de provincianismo.

– Parte de tu poesía tiene un tono social, ¿cuáles son los otros temas de tu literatura? ¿Hay una búsqueda estética?

– Creo que el tono social en mi poesía es inmanente a la esencia de mi alma, de lo que siento y cómo vivo las cosas de este mundo. Por eso siempre está presente en todos mis libros, no como una moda panfletaria, sino como una necesidad de lo que realmente atraviesa mi sentir. Asimismo los cuestionamientos existenciales y filosóficos son temas que siento presente en esa búsqueda. Los comportamientos culturales de los pueblos, o la naturaleza y los intersticios por donde se le filtra lo místico. Me atrae para escribir ese surrealismo latinoamericano.

– ¿Qué te atrae del teatro? ¿De qué tratan tus obras escénicas?

– Ser un espectador de teatro es como entrar en un estado de niñez, jugar con la fantasía sin avergonzarse. Uno sabe que tiene que poner su mente y el corazón en la situación de creer que lo irreal es cierto, y eso me parece mágico. Tuve la oportunidad de hacer monólogos teatrales y cantatas, una de ellas presentada ante más de 20.000 personas en el Festival de Monteros. Lógicamente, la gente de mi pueblo es muy especial, por eso pueden recibir a gusto este tipo de obras y disfrutarlas en un ambiente atípico.

– ¿El arte derrotó a la medicina?

– No lo veo como una batalla, en todo caso el arte me complementó algo que otras cosas no me daban. Quizás lo de la medicina fue un ciclo inconcluso, que quién sabe si un día se dé que deba retomar y terminar. Igualmente no creo en los mandatos sociales de fórmulas y administración de los tiempos de las personas para desarrollar “un plan perfecto de vida”. Creo que las cosas que nos hacen felices no pasan por ahí.

– ¿Qué experiencia te dejó tu paso por la función pública?

– La posibilidad de contar con cierto apoyo del aparato estatal es la gran herramienta para llevar a cabo ideas transformadoras para el bien común. En ese breve tiempo que estuve tenía en claro que el Estado tenía que ser el principal generador, poner los recursos pero sobre todo las ideas, y además apoyar y promover los movimientos culturales independientes que son la base. Igualmente no hay que desconocer que es un ambiente complejo, donde muchas veces rigen intereses mezquinos y personales, por sobre lo creativo y el desarrollo de políticas beneficiosas para el pueblo.

– ¿De qué te habla en bandoneón? ¿Hace mucho que lo estudiás? También andás incursionando en el canto, ¿son nuevas facetas de tu quehacer artístico?

– Hace aproximadamente dos años que pude adquirir este precioso instrumento. El bandoneón es complejo para su correcta ejecución y requiere muchas horas de estudio, y gracias a las enseñanzas del maestro Víctor Juárez, estoy en ese proceso de aprendizaje. Lo de comenzar a cantar fue una necesidad del alma, yo no me considero ni cantante ni intérprete, pero cantar y tocar me hace feliz y eso me basta para descartar los prejuicios. También es por una necesidad de comenzar a mostrar los propios temas que no están grabados o cantados por otra persona.

– ¿Cuál es la diferencia entre una letra y un poema? ¿Cómo se construyen uno y otro?

– Básicamente, la poesía para canción requiere desarrollar una técnica que implica, entre otras cosas, el perfeccionamiento y el dominio de la métrica en versos, el buen trabajo de la síntesis y la sintaxis, y de cierta musicalidad rítmica que implica un manejo no solo de la rima sino también de la acentuación. En la poesía libre, tal como su nombre lo indica, uno puede flanquear holgadamente esos requisitos y escribir sin corsé que determine estructura alguna en el poema.

Fuente: La Gaceta