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El cartero César Enrique Sosa que devolvió 4 mil pesos. Foto: El Tucumano.

El avión ya había despegado y, mientras volaba por el cielo argentino rumbo a Buenos Aires, Carolina Gutiérrez Arrieta se dio cuenta de que no llevaba consigo su agenda. “Habrá quedado en la oficina”, pensó. Y más allá de los números y anotaciones, le preocupaban los 4 mil pesos que había guardado en uno de los bolsillos de aquel cuaderno.

Ese jueves, el de la semana pasada, empezó unas capacitaciones en Pedagogía, y por ello se quedó en la Capital Federal hasta el domingo.

El lunes, cuando regresó al trabajo, no encontró la agenda por ningún lado. Y recién entonces se le ocurrió que podría haberla olvidado en el Correo en la 25 de Mayo y Córdoba, de donde, el día antes de volar, había retirado una bolsa enorme de alimentos para perros. Entonces fue a preguntar.

“Llegué bastante desesperanzada, pensando que tendría que reponer ese dinero porque no era mío. Era probable que la agenda esté y la plata no esté”.

Esa tarde, como todas las tardes de su último año de vida, el cartero César Enrique Sosa, estaba sentado detrás de una mesa baja, donde chequeaba el documento de quiénes buscaban su correspondencia.

Vestido con su camisa blanca, pantalón oscuro y anteojos caídos sobre la nariz, el señor Sosa, es conocido como El Gallo y es cartero desde que cumplió los 23. Durante 35 años de su vida recorrió Yerba Buena en bicicleta, entregando cartas, casa por casa, pedaleando por senderos de monte que hoy son barrios.

Por aquel entonces, recuerda, encontró una billetera en el piso y al revisarla leyó la dirección del dueño en una de las tarjetas. “Era de un hombre francés. Mire, me acuerdo la dirección: Constancio Vigil 2650”.  Y ese día sumó un timbre a su hoja de ruta.

Pero el año pasado, una hernia se le apareció a El Gallo y el médico le prohibió andar en bicicleta. Y, después de toda una vida en la calle, empezó a trabajar en una oficina. En esa misma, donde el miércoles llegó una señorita de cabello claro y preguntó por una agenda olvidada.

“Ella me dijo: ‘Mire, de corazón le digo que es mía’. Pero yo no tenía cómo probarlo. Mire si no era la dueña”.

Con la precaución de no equivocarse de destinatario, le pidió una prueba. Ella le dijo que sí. Tomó la agenda y en una de sus hojas escribió una frase. Luego compararon su letra con las demás anotaciones que había en el cuaderno. Y ahí ambos sonrieron.

Luego le entregó el dinero.  “Yo se lo guardé para que vaya a las manos de su dueño, me dijo, y entonces ambos nos emocionamos mucho. Lloramos y nos abrazamos”, comenta Carolina, quien al día siguiente publicó esto en su Facebook:

 

Yo agradezco mucho que la vida me haya dado la posibilidad de poder devolvérselo. Es hermoso hacer esto. Debería ser lo normal, lo que todos hagamos. Porque un día le pasa a uno, al otro día al otro”.
Por esta acción, el jefe de la principal sucursal del Correo, el señor Luis Soria, lo felicitó en persona y destacó su gesto en una mención en su foja de servicio.  “Es un gran trabajador, de los que nunca faltan”.
Su compañera Noelia Gramajo dijo que antes de irse a su casa, todos los días, El Gallo pregunta a los demás compañeros si necesitan ayuda.
Y luego, cuando ya pasaron las ocho de la noche, El Gallo se vuelve a su Tafí Viejo natal, donde aún vive y también lo conocen como “El bailarín”. Besará a su esposa, acomodará un poco las plantas, cenará y dormirá, como cualquier humano en la Tierra.

Fuente: El Tucumano – Nota de Pedro Noli.