005799415891Daniel Enrique Carrizo tenía una compulsión: no podía parar de robar. Se subía a un auto con sus compañeros, o solo, a pie o en moto, y andaba por las calles como si todo le perteneciera o pudiera ser robado.

Su nombre no figura entre las leyendas del hampa, pero hubo un tiempo en que robaba bancos, blindados, camiones, fábricas, industrias, negocios, casas.

Decía que su fusil era su fiel amigo y que podía disparar dos al mismo tiempo sin que le temblaran los brazos. Se jactaba de que nadie podía capturarlo ni detenerlo. Ignoraba, en 1988, que se cruzaría en su camino un hombre tan peligroso como él, que daba órdenes y decía no temerle a nada: Mario Oscar “El Malevo” Ferreyra, el oscuro comisario de Tucumán que 2008 terminó suicidándose ante las cámaras de Crónica TV porque Gendarmería estaba por detenerlo.

Ferreyra actuaba como un sheriff del Lejano Oeste, con sombrero Panamá, camisa negra, botas, pistolas y un látigo. Cazar delincuentes era su oficio. Según El sheriff, vida y leyenda del Malevo Ferreyra, el libro escrito por Sibila Camps, Ferreyra tuvo dos condenas y 23 causas penales en su contra.

Entre sus enemigos figuraban los miembros de Los Gardelitos, la mítica banda surgida en Tucumán que terminaría emigrando a la localidad bonaerense de San Martín. Uno de sus hombres fuertes era Daniel Carrizo, quien también era parte de la superbanda.

Tortura y muerte

Según testigos, Carrizo fue detenido y llevado a la Dirección General de Investigaciones de Tucumán. Allí, según el relato de un delincuente, “El Malevo” –por entonces jefe de Robos y Hurtos- lo torturó y lo mató.

El cuerpo del pistolero fue rociado con ácido. Pero Ferreyra nunca fue preso por ese caso porque la Justicia no encontró pruebas en su contra. Los compañeros de Carrizo planearon una venganza feroz contra “El Malevo”, pero nunca pudieron concretarla.

Casi 30 años después de esa muerte, sale a la luz un dato revelador: uno de los que estuvo detrás del plan para matar a Ferreyra fue Luis Alberto Valor, alias el Gordo Valor, el célebre líder de la superbanda que en los 80 y 90 robaba bancos y blindados.

“Al muchachito Carrizo lo decapitó. Se llevó la cabeza y la dejó tirada como mensaje al hampa. Carrizo laburó conmigo varias veces”, revela Valor. El asaltante, que purga condena en la cárcel de Urdampilleta, contó que Carrizo había vuelto a Tucumán para ver a su familia y cometer robos.

“Con unos pibes se metía en casas y afanaba cuando la gente dormía, a la hora de la siesta. Lo agarró la cana y cayó en manos del guanaco ese del Malevo Ferreyra. Cuando nos enteramos que lo había boleteado, viajamos para vengarnos con un par de muchachos”, confiesa Valor.

Matar al Malevo

El plan inicial era reunir a la mayor cantidad de delincuentes de la superbanda y de los Gardelitos para capturar a Ferreyra.

“Iban a sumarse hampones de distintas provincias. Pensábamos copar el edificio de la Policía. No nos importaba nada, porque este tipo se dedicaba a matar ladrones y había matado a uno de los nuestros”, dice Valor.

Por esa época, el copamiento de comisarías o cárceles para cometer venganzas o liberar presos era una idea que pensaba poner en práctica la superbanda. De hecho lo habían intentado en 1987, cuando un grupo comando se reunió en un pool de Laferrere y decidió sacar de la cárcel de Olmos al hampón Abdón “Kiko” Chávez. Pero la movida falló.

“Son jugadas que pueden salir muy mal. Por eso decidí viajar a Tucumán con otro muchacho. Estuvimos un día de cacería, buscando al canalla de Ferreyra. Pensábamos matarlo de dos tiros y rajarnos. Pero el tipo andaba acompañado de su gente, era muy difícil tenerlo a mano y nosotros no teníamos mucho tiempo porque ya nos buscaba la Policía por muchos robos. Nos fuimos con las manos vacías. Siempre me quedé con la bronca, además Ferreyra se jactaba de haber matado militantes de la JP en la dictadura”, recuerda Valor.

En la dictadura

Ferreyra decía que en 1973, cuando era oficial y llevaba diez años en la Policía tucumana, enfrentó a 15 militantes de la Juventud Peronista y que tiempo después mató con su fusil a Julio Alsogaray, de Montoneros, aunque nunca se supo si decía la verdad o exageraba su prontuario. Valor fue militante de la JP: en esos años se movía por el norte del conurbano robando armas y autos.

Valor siguió robando con su banda hasta que cayó preso. Y Ferreyra volvió a ser acusado. En 1988 le adjudicaron el homicidio del ladrón Eduardo Correa, a quien le decían “Prode” porque tenía 13 puntos por una herida de bala. Pero más allá de la fama mal llamada justiciera de “El Malevo”, que él mismo alimentaba, no hubo pruebas para detenerlo y juzgarlo.

El 10 de octubre de 1991, en Laguna de Robles, Ferreyra mató a José “Coco” MenéndezHugo “Yegua Verde” Vera y Ricardo “El Pelao” Andrada. “Fue un enfrentamiento con esos delincuentes”, dijo el comisario, pero en el juicio quedó probado que se trató de un fusilamiento.

Lo condenaron pero escapó de Tribunales con una granada en la mano y una pistola en el cinto. Volvió a caer, pero cuando asumió Bussi en la gobernación le bajó la pena. Pero con Ramón “Palito” Ortega como gobernador, Ferreyra perdió sus privilegios y cayó en desgracia. Juró vengarse y matar al cantante.

Ortega contó una vez que la leyenda siniestra de “El Malevo” corrió de boca en boca. Y que solía aparecer en boliches para darles latigazos a los hombres, a quienes apoyaba contra la pared, y llevarse a sus mujeres como un trofeo.

Otro intento

En 2006 salió a la luz otro plan contra “El Malevo” para vengar la muerte de Carrizo. Esta vez el ideólogo era su hijo Lucas. “Tengo entendido que Carrizo, junto a otro hombre, estaban dispuestos a emboscarnos. Mis informantes me dijeron que habían adquirido cuatro armas 11.25 para concretar su plan”, dijo Ferreyra a la prensa. Carrizo fue condenado por el femicidio de María Fernanda Chaila.

El fin de “El Malevo” lo puso él mismo. El 21 de noviembre de 2008 se pegó un tiro en cámara, cuando efectivos de Gendarmería subían a su casa para detenerlo por orden del juez federal Daniel Bejas, por presuntos delitos cometidos durante la última dictadura militar, en la causa por el funcionamiento de un centro clandestino de detención en el ex arsenal Miguel de Azcuénaga.

“El único delincuente que no roba ni mata es el que está muerto”, solía decir “El Malevo”. Era casi su declaración de principios. Su suicidio le evitó volver a la cárcel y ver lo que jamás hubiese imaginado: su hijo Alain fue condenado por robar y matar a un policía.

Fuente: Infobae

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