005799415705Ella, ayudante del Hospital de Santa Lucía; él, un paciente que estaba en observación. Y el inicio de una historia que, pareciera ser, estaba destinada a unirlos para siempre. Rosa Racedo (73 años) se ríe nerviosa al momento de empezar el relato, se acuerda de todos los detalles y de la cronología de los hechos. Mario Díaz (80 años) la observa, callado, y su cara refleja que cada palabra que escucha se reproduce en su mente como si no hubiesen pasado 55 años. 

“Yo trabajaba en el hospital y me encargaba de los niños y las mujeres; solía pasar por el pabellón de los hombres y pegaba una miradita, y en una de esas lo vi a Mario; lo saludé e intercambiamos unas cuantas palabras… al otro día ya le habían dado de alta”, detalla Rosa. La historia no termina ahí; los días pasaron y a la semana, cuando ella salió a hacer compras, se cruzaron. “Hola, ¿como está? – recuerda Rosa que le dijo, que él llevaba un cangurito mostaza, y que estaba muy desabrigado- ¿Cuándo le dieron el alta? Hace mucho frío ¡Cuidesé! -le siguió diciendo Rosa, y repite, ¡cuidesé!…- Yo nunca le hubiera dicho que se cuide ni hubiera mostrado interés en algún paciente, más allá de saber si estaba bien de salud. Pero con él era distinto, me agradaba y dentro de mí existía cierto interés que no puedo explicar”. A pesar de ello y de existir una atracción entre los dos, aquella fue sólo una conversación corta, aunque amena.

Si había un modo de volver a verla, Mario no lo conocía, no sabía su nombre, ni dónde vivía. A pesar de que Santa Lucía era un pueblo pequeño no se habían cruzado antes más que esas dos veces. Claro que el amor actúa de maneras extrañas, y Pirula fue la Celestina y la oportunidad de Mario para ofrecer su corazón a Rosa.

“Mi prima Pirula (que tenía 13 años), iba al hospital muy seguido porque necesitaba que le hagan nebulizaciones; nosotros solíamos conversar a diario y un día me comenta que ahí había una joven que la atendía muy bien y que era muy amable con ella”, rememora Mario, y admite que no lo pensó mucho y decidió pedirle un favorcito a Pirula. “Tenía que ser Rosa, porque además era la única jovencita. Pirula, yo escribiré una carta y vos la llevás, si te la recibe, muy bien, y si no… Bueno, seguiremos siendo amigos”, le dijo a la prima.

Mario se tiró un lance; podía equivocarse con esa joven, podía no ser Rosa, o podía también su prima volver con la carta, y quedar su amor trunco. Pero los acontecimientos se dieron de manera positiva y Rosa recibió su mensaje. Le pidió que si querían conocerse mejor, primero hable con su padre.

La secuencia es precisa: Mario se encontró con su futuro suegro (que era su jefe en el ingenio donde él trabajaba pero no lo sabía); Rosa y él empezaron viéndose dos días, uno en medio de la semana y el otro durante el fin de semana; estuvieron dos años de novios y el 22 de enero de 1965 se casaron por civil, y al día siguiente por iglesia; tuvieron dos hijos: Marcela (Machi) y Luis (Luchín), 10 nietos y una bisnieta.

Como en todo matrimonio hay peleas y malos tragos. El que marcó a la familia Díaz fue el cierre del ingenio Santa Lucía en 1968. A tan sólo tres años de casarse tuvieron que irse a Catamarca donde Mario tenía una promesa de trabajo. Vivieron un tiempo allí y luego regresaron porque Mario consiguió trabajo en una alcoholera. Ahora, ya jubilado, sigue trabajando como carpintero y relojero. “El cierre del ingenio fue una etapa muy dura. A pesar de ello, salimos adelante juntos -explica Mario-. No hay recetas mágicas; lo primordial es ser comprensivos y aprender del otro. Si estamos enojados no hay que hablar, hay que esperar que nos calmemos y ahí buscar una solución al problema”, aconseja. “Todo hombre tiene un ideal de mujer en mente, a Rosa la vi y supe que era la mujer que yo quería a mi lado. Espero que todos puedan encontrar el amor y disfrutarlo como nosotros. Formamos una hermosa familia y estoy muy orgulloso de ello…”, sintetiza Mario.

Mario y Rosa tienen otras cosas en común: ambos nacieron en Monteros y sus respectivas familias se mudaron a Santa Lucía el mismo año: 1944. Incluso sus madres habían sido amigas en la juventud.

Fuente: La Gaceta