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DÍA INOLVIDABLE. Fidel Castro, Yolanda Orti y su esposo, el diplomático Arturo Cueto, durante la presentación oficial ante funcionarios de la Revolución. foto gentileza de yolanda orti.

 

Tiene 91 años y hace 57 conoció al líder cubano, cuando asumió el poder en la isla. Ella era esposa del tucumano Arturo Ricardo Cueto, en ese entonces diplomático argentino en Cuba. Yolanda Orti no puede olvidar la mirada de Fidel, a quien califica como un hombre extraordinario. En pleno régimen, ayudó a una familia amiga que estaba exiliada en Miami

Ella estuvo ahí cuando Cuba era una fiesta de derroche y de ostentación. La Cuba de las grandes fiestas en la playa, con mujeres ricas cubiertas de joyas y disfrutando de una economía azucarada. Ella estuvo en la Cuba que bailaba hasta el amanecer, pero que se avergonzaba por la evidente corrupción del Gobierno encabezado por el dictador Fulgencio Batista. Y estuvo también cuando el 1° de enero de 1959, Batista huyó en medio de los festejos de fin de año hacia El Salvador. La Revolución que ya venía bajando de Sierra Maestra con Fidel Castro al frente, era imparable.

“Esa mirada. Nunca me voy a olvidar de esa mirada. ¡Qué hombre! ¡Qué figura tenía! Era en verdad una personalidad intimidante y se notaba que era un hombre extraordinario”, recuerda Yolanda Orti sentada en el escritorio de su casa, el lugar donde todos los días lee los diarios y hace cuentas. Con la mirada de Castro en su pensamiento, inicia un viaje hacia uno de los momentos más movilizadores de su vida.

Cuando conoció a Fidel, Yolanda tenía 33 años, uno más que el barbudo vestido de un permanente verde oliva. Hacía un año que residía en la isla con sus tres hijos chicos y con su marido, el diplomático Arturo Ricardo Cueto, que representaba a la Argentina ante el Gobierno cubano. De aquel primer encuentro pasaron 57 años, pero Yolanda, de 91, no puede olvidarse de esa mirada.

“Te clavaba los ojos y te decía: ‘yo me voy a acordar de ti, ya sé quién eres y siempre te voy a saludar’, y era verdad. No se olvidaba nunca de nada, sabía quién eras, de dónde venías y a qué te dedicabas. Era una capacidad única, admirable, teniendo en cuenta que conocía tanta gente. No se olvidaba jamás de una cara. A mí me temblaban las piernas cuando me hablaba”.

Yolanda nació en Monteros en 1925 y conoció a Arturo cuando ella tenía 18 años y él la coronó como reina de las flores, un concurso de belleza provincial. A los pocos meses se casaron y, sin haber cumplido los 19, ya estaba instalada con su marido en Bruselas, el primer destino que le asignaron como diplomático. Génova, Roma y Nápoles fueron las otras paradas antes de desembacar en la convulsionada Cuba donde se cocía la revolución.

“La corrupción a ojos vista era la otra cara de esas fiestas opulentas en la playa, al movimiento permanente. Todo se conseguía con plata, con sobornos, a cambio de cargos de gobierno o privilegios. Se percibía que la gente esperaba un cambio, estaban todas las esperanzas puestas en estos jóvenes que venían desde las sierras a terminar con todo eso. Claro que lo que vino después…”, dice, y se frena en seco. Yolanda conserva la vocación diplomática: evita dar definiciones taxativas, de opinar a favor o en contra en términos binarios y defiende su imparcialidad. Pero también le tocó vivir de cerca situaciones que considera terribles.

“A mí me apenaba mucho ver cómo familias amigas, gente que no estuvo nunca metida en política, tenía que abandonar la isla con lo puesto. No le dejaban llevar nada, pero nada de nada. A las mujeres las revisaban hasta ginecológicamente antes de salir. Era algo terrible. Las calles dejaron de ser lo que eran, explotaban bombas por todos lados, sólo para amedrentar a la población y mantener un estado de alerta permanente. Era un proceso muy duro”, relata.

Una historia que siempre recuerda con cariño Yolanda es cuando viajó a Miami a llevarle unos papeles importantes a una familia amiga para que pudieran seguir con sus negocios. Eran los Valdes-Fauli, un apellido que trascendió luego en Estados Unidos porque el hijo de su amiga Margarita, Raúl J. Valdés-Fauli, llegó a ser alcalde de Coral Gables, una ciudad de Miami.

“Como muchas familias tuvieron que abandonar sus casas con todo adentro y exiliarse en Miami. Margarita me dejó las llaves de su casa para que nos instaláramos. Nosotros vivíamos en un departamento modesto, alquilado, con un sueldo también modesto que se iba en gran parte en el colegio de los chicos. Esa casa era soñada, con pileta y unos cuadros muy valiosos que seguramente quedaron en manos del régimen cuando nos fuimos. Margarita me pidió que le llevara a Miami una valija con papeles importantes, contratos, que eran fundamentales para seguir con sus negocios y subsistir allá. Yo era audaz y tenía credenciales diplomáticas, así que me fui y se las llevé. Ellos estuvieron eternamente agradecidos, y mi marido se agarraba la cabeza. Cómo renegaba…”, cuenta con picardía, pero también con el orgullo de haberse arriesgado por una buena causa.

El 8 de febrero de 1962 Argentina el Gobierno de Arturo Frondizi no pudo anteponerse ante la presión internacional y rompió relaciones con Cuba. Yolanda recuerda que Fidel lo insultó al presidente argentino, diciendo que provenía de excrementos humanos. Ella, Arturo y los tres chicos no tenían más qué hacer allí y siguieron su camino diplomático hacia el próximo destino: Perú. “Yo agradezco no haber estado cuando la cosa se puso peor y comenzaron los fusilamientos. Ay, Dios mío, no me quiero ni imaginar lo que vivió la gente”, dice cerrando los ojos para borrar imágenes de conocidos caídos en manos del régimen.

A pesar de todo, a Yolanda la sacudió la muerte de Fidel, porque lo consideró siempre un hombre extraordinario y quizás también por la cercanía de edades: ella tiene 91 y el líder falleció a los 90. Pasaron 57 años y nunca podrá olvidarse de esa mirada. ¡“Qué hombre”!, repite, alzando las manos.

Fuente: La Gaceta